PICIS
Y anuncia el señor Granzzo a Fabián Pelota, “¡el hombre más gordo que pueda
haber en todo el mundo!”.
El
telón comienza a abrirse y va apareciendo Fabián. El telón continúa abriéndose
y sigue apareciendo Fabián. El telón ya no puede separarse más y Fabián no
queda por completo al descubierto; parte de él aún está tras el telón.
El
señor Granzzo tiene que esperar un momento a que las gentes no rían tanto, y
los niños dejen de gritarle cosas a Fabián, para entonces poder hablar acerca
de él. Y cuenta que antes él era un niño común, como el más común de los niños,
pero que cierto día su abuelita trajo unos dulces dulcísimos y, prohibiendo
que se los comieran, los puso
tentadoramente sobre la mesa. A Fabián, que le encantaban los dulces, esa
tentación no le dejó tranquilo en toda la tarde, hasta que decidió que un
dulcito, el más pequeño de todos, no sería extrañado por la abuela.
Resultó que ya sus hermanos
habían pensado lo mismo y cuando él fue a tomar un dulce de la canasta, estaban
faltando siete. Fabián en ese momento sintió que era fijamente observado. Al
mirar tras de sí vió a la abuela, quien lo agarró por una oreja, lo sentó en
una silla y mientras le repetía: -¿A ti te gustan? ¡Come! ¿Te gustan?
¡Hártate!”- le hizo comerse los dulces que quedaban en la cesta casi llena.
A
partir de aquel día todas las cosas que Fabián comía le hacían engordar un poco
más. Aún el agua le hacía engordar siempre un poco más. Así, fue haciéndose
cada vez más gordo sin poder evitarlo, pues para eso tendría que dejar de
comer.
Las
gentes, algunas, todavía ríen mientras se va cerrando el telón.
Después de que el telón se cierra, Fabián pelota se
va a su carreta, que en realidad son tres carretas hechas una. Allí toma su
pequeño violín de caoba azabache y comienza a tocar con gran maestría, posando
sus dedos de pan suavemente sobre un instrumento que pareciera llorar con él
alguna pena. Pero no es así.